La primera unidad cultural europea fue el Imperio Romano. Roma nos unificó como continente, hasta entonces un territorio disgregado, y nos concedió unas pautas culturales comunes que todavía hoy nos identifican. Por eso nuestro pasado romano tiene un enorme valor en la identidad europea.

En el presente, ya en pleno siglo XXI, las huellas del Patrimonio Cultural Europeo común Romano se custodian en distintos Museos monográficos dedicados a enriquecer, estudiar y difundir unos fondos y yacimientos muy singulares, y hacerlos accesibles a los ciudadanos. A través de estas colecciones de la Romanidad podemos comprender mejor aquella civilización que nos dejó en herencia muchas lenguas europeas, parte de nuestro derecho, las comunicaciones y numerosas estructuras urbanas, entre otras cosas que forman la cultura clásica europea, cultura que pasó al Nuevo Mundo y que todavía hoy nos unifica como ciudadanos de un territorio multicultural común que es Europa.

No existe en el presente ningún programa cultural europeo que haya creado una Red de Museos Europeos de la Romanidad, una Red que permita poseer una herramienta de conocimiento y profundización en las huellas del pasado histórico común europeo y que sea accesible a los ciudadanos. Por eso entendemos que, dada la importancia del pasado romano para la definición europea, este proyecto posee una justificación y oportunidad real, ya que asume todos los objetivos que la presente convocatoria enuncia, y que su puesta en marcha supondrá un paso adelante en el Patrimonio Cultural Común Europeo.

EUROPA ROMANA

Según la tradición mitológica romana, la ciudad de Roma fue fundada en el año 753 a.C. por los gemelos Rómulo y Remo a las orillas del Tíber. Esta pequeña ciudad floreció y se desarrolló hasta llegar a ser considerada, durante la época previa a la República, superior a sus vecinos, haciéndose cada vez más fuerte a medida que se apoderaba de otros territorios. Ya en la República, alrededor del año 270 a.C. Roma dominaba toda la Península Itálica y seguía su expansión. Este imperio que a partir del s. I a.C. sería gobernado por emperadores, creció y absorbió ciudades y territorios que hoy en día comprenden más de 40 países con 5.000 Km., de un extremo a otro.

¿Como un pequeño pueblo agrícola situado a las orillas del Tíber pudo crear el Imperio más poderoso de Occidente? Para contestar esta cuestión podemos detenernos en el carácter de esta sociedad, que poseía un gran afán por la guerra y la dominación de otros pueblos y que contrastaba, en gran medida, con un gran amor por la vida rural. De lo que no cabe duda es de que la conquista del Imperio se llevó en su mayor parte a la fuerza y en ocasiones con la más extrema dureza.

Durante muchos años se ha explicado el apogeo y la ascensión de Roma argumentando su carácter moral, el poder de las instituciones políticas, el talento militar y la buena suerte del pueblo romano. Asimismo, el entorno físico de Roma e Italia, ubicada en el corazón del mundo habitado, apoyaba la situación estratégica romana debido a la productividad de la península italiana, extensible al conjunto de la región mediterránea, lo que garantizaba una gran variedad de alimentos.

El Imperio Romano inicia su apogeo bajo el Principado, los avances más extensos se hicieron en Europa mediante el reinado del primer emperador, Augusto. Sus generales ampliaron la frontera septentrional desde los Alpes hasta el Danubio y finalmente pacificaron la Península Ibérica. A principios del siglo III d.C, el Imperio comprendía no sólo las penínsulas, islas y costas del Mediterráneo, así como grandes extensiones del interior (hasta el borde del Sahara y hasta el río Tigris), sino también zonas de Europa situadas tan al norte como el sur de Escocia, el Rin y el Danubio (además de una parte del sur de Alemania, al otro lado del Rin, y la Dacia, al otro lado del Danubio central).

Más allá del motivo de la pura conquista, consideraciones estratégicas y a veces económicas desempeñaron algún papel en la configuración de las campañas de los emperadores que se mostraron más activos en el terreno militar.

El imperio romano se extendió mucho más allá del mundo mediterráneo, sin embargo, durante todo el período del Principado, aproximadamente desde 27 a.C. hasta 235 d.C., el eje político y la base cultural del imperio se encontraban en el Mediterráneo.

La creación de una entidad política resistente, la concesión de la ciudadanía que igualaba a todos los ciudadanos sin importar si eran griegos, hispanos o romanos, llegando a tener el rango de emperador lo mismo un hispano que un africano, y la gran tarea de asimilación de los pueblos conquistados por Roma explican la durabilidad de este Imperio, superando a lo largo de su historia revueltas y guerras civiles que hubieran llevado al declive a otros imperios.

La caída del Imperio Romano se debe a múltiples factores que agrupados propiciaron la decadencia y la caída definitiva del Imperio Occidental.

De lo que no cabe duda es de que Roma y su imperio han dejado una gran huella en nuestra sociedad actual, en temas que abarcan desde la arquitectura y la construcción hasta la literatura, el derecho e incluso en pequeños detalles de la vida cotidiana, todo ello hace que en Europa el concepto de Romanidad sea una de las bases de la identidad común de la comunidad.


HISPANIA ROMANA

Roma y Cartago. El enfrentamiento entre dos grandes potencias

Entre los años 264 al 209 a.C. el Mediterráneo occidental se convertiría en el marco y testigo de la rivalidad de dos grandes colosos, Roma y Cartago, enfrentadas a causa del expansionismo territorial y comercial. El área de extensión de este conflicto comprendía la Península Itálica, Córcega, Cerdeña, Sicilia, el norte de África y la Península Ibérica, inmersa desde ese momento en los acontecimientos y en la Historia del mundo occidental.

Tras la Primera Guerra Púnica, la victoria de Roma sobre Cartago suponía la ruptura del equilibrio político y económico del Mediterráneo. El resultado fue la expansión de Cartago hacia la Península Ibérica, con la fundación de la ciudad Carthago Nova o Cartagena, convertida en centro político y militar púnico. La conquista y toma de la ciudad de Sagunto por Aníbal provocó la Segunda Guerra Púnica (Fig 2 y Fig 2b), y la definitiva intervención romana en la Península Ibérica. El resultado de esta contienda fue favorable para Roma. Publio Cornelio Escipión sometió la  ciudad de Carthago Nova pasando a ser el núcleo principal romano desde el cual se procedió a una campaña de sometimiento sistemática de los territorios que se encontraban bajo el control cartaginés, lo que convertía a Roma en la potencia indiscutible, consolidándose su presencia en el Mediterráneo.

Los primeros pasos de asentamiento y la administración romana.

Para afianzar el asentamiento romano en la Península, el territorio hispano se dividió se en dos provincias: Hispania Citerior e Hispania Ulterior, gobernadas por dos pretores.  La capital de la Provincia Ulterior fue Carthago Nova, limitado por el Guadalquivir. Corduba, fundada en el 151 a.C. por Claudio Marcelo, fue la capital de la Provincia Citerior, cuyas fronteras eran imprecisas, buscándose un accidente geográfico significativo que pudiera delimitarlas, desde la costa levantina hasta el valle del Ebro.

Ambas provincias aumentaron sus territorios con el avance de las conquistas, destacando la política desarrollada por Catón (pretor de la Hispania Citerior) y Graco; (pretor de la Hispania Inferior), que iniciaron una serie de campañas de pacificación, que sirvieron para la reorganización de las fronteras provinciales.

Segunda fase de la conquista: las guerras celtíbero-lusitanas.

Los problemas sociales y la pobreza de muchos sectores indígenas desembocó en una prolongada y dura contienda: las guerras celtíbero-lusitanas.

La guerra contra los lusitanos es conocida por la resistencia de personajes como Viriato, caudillo de los rebeldes que se alza contra el dominio y la crueldad romana, manteniendo en jaque al ejército romano hasta su muerte en el año 139 a. C., fecha que aunque no supuso el final de la rebelión, permitió a Roma centrar su atención en el núcleo celtibérico. Estos pueblos vacceos acaudillados por Numancia se unieron en un frente común con Roma. Finalmente, la ciudad, último reducto de la oposición romana, fue tomada por Publio Cornelio Escipión Emiliano (133 a. C. ) suponiendo el final de los enfrentamientos.

La participación de Hispania en las guerras civiles (tercera fase de la conquista)

La crisis de la República Romana se produce como consecuencia de la decadencia de las instituciones y al excesivo poder de las grandes familias oligárquicas en detrimento del campesinado itálico, situación que se veía agravada por las revueltas de los esclavos,  Estos acontecimientos provocaron la división de los miembros de nobilitas romana en dos grandes bloques políticos: los populares y los optimates, que se oponían al primero como bloque tradicional y conservador a pesar de que no se oponían a la introducción de pequeñas reformas. Protagonistas de los enfrentamientos políticos en este período fueron Mario y Sila, que acabaron cuando este último con un golpe de Estado inició una sistemática represión contra los populares con una lista de proscritos amenazados de muerte. Entre los perseguidos se hallaba Sertorio nombrado gobernador de Hispania Citerior. Los éxitos y el poder de Sertorio en Hispania decidieron a Sila enviar a la Península Ibérica a Cecilio Metelo como procónsul de la Ulterior. Un año más tarde se envío a Pompeyo  para acabar con su disidencia. La conjunción de los ejércitos de Metelo y Pompeyo en el año 72 a. C. permitió acabar con la resistencia de Sertorio.

Pompeyo supo aprovechar su éxito en la guerra sertoriana, reforzando en la Península su poder personal, político y militar. Premió la lealtad de todas las tribus de Celtiberia, que fueron recompensadas con repartos de tierras, ampliando notablemente sus territorios, y contaron con la protección política y militar de Roma gracias al patrocinio de Pompeyo, que lograba así aumentar considerablemente su clientela en la Península.

Las ambiciones de César (Fig 9 y Fig 10) eran similares a las de Pompeyo, aprovechó su estancia en la Península, primero como cuestor y después como gobernador de la Provincia Ulterior, desplegando su actividad y su indudable habilidad política. Utilizó los mismos recursos que su rival en la Península para conseguir los medios necesarios tanto materiales como humanos que necesitaba, y atraer así a su causa a provinciales e indígenas mediante relaciones de clientela.

El período comprendido entre el asesinato de César en los famosos Idus de marzo del 44, hasta la batalla de Actium, que consolidó el principado de Augusto en el 31 a. C., Hispania estuvo sucesivamente bajo el control de los tres triunviros Lépido, Marco Antonio y Octavio. A diferencia del Primer Triunvirato, no se desarrolló en la Península ninguna de los grandes enfrentamientos entre ellos y durante este período sólo nos han llegado testimonios referentes a rebeliones.

Con la llegada de Augusto al poder como primer emperador de Roma, tuvo lugar otro ciclo de guerras, con el que terminaría la dominación romana en Hispania. 

El final del sometimiento de Hispania. La campaña de Augusto contra cántabros y astures.

Una vez consolidado el principado de Augusto en el 29 a. C., decidió completar la pacificación y el dominio romano Fig 12 en todas las partes del Imperio. Una de las campañas que emprendió fue la pacificación final de Hispania. Los motivos de las guerra cántabras fueron varios: la explotación de los recursos mineros, evitar el bandolerismo y la inestabilidad, el propio prestigio militar de Augusto, el establecimiento definitivo de la paz y la prosperidad en un único Imperio con un único Princeps, una de las bases de la propaganda oficial augustea. En el año 19 a. C., Augusto envió a su yerno y colaborador M. Vipsanius Agrippa que logró la sumisión definitiva de la región y, con ella, la totalidad de Hispania.

Augusto mantuvo las directrices de su padre adoptivo, Julio Cesar continuando la política de fundaciones coloniales, destacando las colonias de Pax Iulia, Caesar Augusta y Augusta Emerita, esta última se convertiría en capital de la provincia Lusitania. Además,  tomó una serie de medidas encaminadas al definitivo sometimiento e incoroporación de Hispania al conjunto del Imperio. Perfeccionó el programa de organización municipal que reguló la diversidad de municipios y jurisdicciones existentes por la Lex Iulia municipalis. Estableció sus correspondientes magistrados y funcionarios aunque con frecuencia se permitieron las competencias de instituciones indígenas, si bien adaptadas al modo romano. Y, por último, reestructuró las provincias hispanas: dividió la antigua Ulterior en dos provincias distintas con el río Guadiana como límite: la Bética al sur como provincia senatorial ya pacificada y capital en Corduba, y la Lusitania al norte como provincia Imperial cuya capital fue Augusta Emerita, permaneciendo Tarraco como capital de la Tarraconensis.  Con esta estructura provincial, la península iniciaba un nuevo periodo, ya inmersa en la estructura de Roma y del Imperio.